Jun 23

Estatua para un Duende.

Estatua para un Duende

                               (a Guillermo Cabrera y Félix Arencibia)

Guillermo Cabrera Álvarez

  Cierta mañana de diciembre traspasé el umbral de la oficina del Duende. Sus pupilas de vidrio respondieron mi saludo, sin dejar de teclear. Venía a compartir la ocurrencia de asaltar la escultura de John Lennon en el día de su fatídico asesinato, con un “comando armado” de poetas, trovadores y todo soñador necesitado de Amor, dando el chance a la Paz. El Duende, atento, respondió: “-¡ Me gusta la idea, flaco¡. Quizás escriba de eso-”. Entonces conversamos de la “magia” de las estatuas: de cómo marchó Strauss con su violín dorado a una serenata sin rumbo, de Hemingway invitándote a un mojito que no sabrás cómo pagar, del inmóvil Caballero ¿de París?.Y hasta del pequeño Silvio del Instituto, sentado desnudo en una guitarra sin cuerdas. De pronto, el Duende con hilarante mirada, sentenció: “-Por suerte mandé a construir la mía con tornillos especiales…”.Añadió con pícara sonrisa a mi sorpresa: “- …para que no se roben mis espejuelos.”

   Y se me antoja, ahora que el Duende ha trascendido a la otra dimensión, al País del Nunca Regreso, pedir una estatua para él. No escribo sobre el busto imponente y vacío, con la mirada fría y de irreconocible la personalidad insigne. No, solicito para el Duende la sencilla escultura del ser humano que fue y que conocimos sus amigos. De tamaño natural, con sus sandalias de caminante, la risa reluciente, la calvicie brillosa  de pensar ¡Ah¡ y con tornillos especiales para que no lo secuestren. Pudiera estar recibiéndonos a la entrada del Instituto con los buenos días o compartiendo ocurrencias en el Hueco de las Teclas, planeando aventuras, escuchando la dulce voz de la rubia Mandarina; regalando un cumpleaños al Flaco Radamés o dando gracias a René por sostener su último suspiro. Ojalá escuche este pedido algún diestro creador de esculturas y nos lleve con sus mágicas manos, como diría el autor, “del sueño a la poesía”.

   Ahora pienso volver a tocar a  la puerta del Duende y fijo en sus ojos, sean de bronce o de piedra, preguntarle “-¿Te gusta la idea, poeta?-”. En silencio, espero la respuesta.

Nevalis Quintana Fernández

Julio 2007

 

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1 comentario

    • Tania on 26 junio, 2017 at 7:39 pm
    • Responder

    Ojalá!!!!!!!!!

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