Berta Martínez, entre nosotros.

 

Berta Martínez López

Este sábado 27 de octubre desperté, avisado por colegas de la Compañía Teatral “Hubert de Blanck”, con la noticia del deceso de mi Maestra de Teatro y diría mi segunda madre, la actriz y directora Berta Martínez López. A ella,vecina frente a mi casa en la calle 27 del Vedado y quien me descubrió en mis primeros andares en la TV en los años 90 del pasado siglo, debo mi entrada al mundo del teatro. Apasionada de la escena, Berta me introdujo con sus grandes puestas en la obra de Federico García Lorca, en el teatro y la zarzuela española con ribetes cubanos, a la prédica teatral de Stanislavski y de Brecht y a las esencias del teatro cubano.”Bodas de Sangre” ,”La casa de Bernarda Alba”, “La zapatera prodigiosa”, “El tío Francisco y las Leandras”, “Don Gil de las Calzas Verdes” y “La Verbena de la Paloma” fueron puestas únicas en la historia del teatro cubano donde tuve la dicha de participar como actor y donde recibí sus enseñanzas.

Con la partida de Berta Martínez, se despide una generación de grandes directores de la escena cubana: Vicente y Raquel Revuelta y Roberto Blanco. Los 4 fueron los primeros Premios Nacionales de Teatro en Cuba. Ayer, mientras sus cenizas fueron veladas en su segunda casa, la Sala Teatro “Hubert de Blanck”, le dediqué en homenaje, junto a mis compañeros del grupo Teatro de la Villa, la función de la obra infantil “Los Tres Cochinitos”. Esta bítacora digital une sus páginas a su recuerdo y publica un artículo de la periodista Amelia Duarte, escrito hace tiempo atrás en el periódico “Granma” cuando Berta Martínez cumplía sus 85 años.

¡Gracias maestra, por enseñarnos ese mundo virtual de la creación: el Teatro!

Nevalis Quintana Fernández.

Berta, imprescindible

Autor: Amelia Duarte de la Rosa | amelia@granma.cu

7 de abril de 2016

Un amigo me escribe al correo y me recuerda que ayer Berta Martínez cumplió 85 años. Un amigo que, además, fue su alumno de Dirección Teatral en el ISA. Me pide encarecidamente que escriba sobre ella por dos razones: una, porque 85 es una edad respetable y otra, la más importante, porque una artista de talla mayor como la Maestra Berta, “nuestra Berta, la más grande directora teatral cubana viva” —me dice— me­rece siempre la evocación a su carrera, sin la cual no podría contarse la historia del teatro cubano. Coincido.

Caigo en la cuenta que las primeras referencias que tengo de Berta llegaron a mí a través de lecturas sobre teatro cubano. No tengo edad para haberla visto actuar ni dirigir, pero su nombre es, por supuesto, referencia innegable. Su audacia como directora; la relevancia de sus montajes lorquianos, espectáculos con un alto nivel artístico, comprometidos estilística y políticamente con su tiempo; y su imponente presencia, han hecho coincidir —de manera rotunda— a los críticos, teatrólogos y creadores en colocar su nombre en la “santísima trinidad” de la dirección escénica cubana junto al de Vicente Revuelta y Roberto Blanco.

Premio Nacional de Teatro en el año 2000 y Doctora Honoris Causa de la Universidad de las Artes, Berta (Yaguajay, 1931) se unió a la escena en 1946, como actriz aficionada. Cuatro años después se graduó como locutora radial y pasó a formar parte de elencos dramáticos de varias emisoras de la capital.

En 1955 viajó a Nueva York y logró aprobar las pruebas de actuación en la Bown Adams Pro­fesional Studio, aunque con limitados recursos financieros solo pudo cursar algunos semestres.

De regreso a Cuba, integró el Grupo Teatral Prometeo e intervino en títulos como Los fanáticos, Sangre verde, Réquiem para una mon­ja, entre otros. Allí —reseña la investigadora Esther Suárez Durán—“comenzó de cierta for­ma su carrera como directora cuando, ante el viaje de su director, Francisco Morín, a Europa, quedó encargada de llevar a cabo la puesta en escena de El difunto Sr. Pic, la cual también protagonizaba”.

En los años siguientes, la historia teatral destaca su puesta en escena de Santa Juana; las memorables actuaciones en el personaje de la muda Catalina para la puesta en escena de Madre Coraje y sus hijos, y en Contigo pan y cebolla, donde realizó una inolvidable creación del personaje de Lala Fundora, referente absoluto para las posteriores generaciones de actores.

A partir de 1966 hasta los primeros años de este siglo, Berta se concentró en la dirección artística y comenzó a subir a escena puestas tan memorables como Don Gil de las calzas verde, La casa de Bernarda Alba, Bodas de sangre, Macbeth, La zapatera prodigiosa, y La aprendiz de bruja, única obra teatral de Alejo Carpentier, entre otra larga lista de obras, imposibles de mencionar en tan pocas líneas. Sus puestas en escena exhibían, además, un  personalísimo diseño de luces, escenografía y vestuario.

Mientras, su labor pedagógica como profesora titular adjunta del ISA también ha dejado huellas en diversas promociones de actores que exhiben su impronta.

Sobre Berta mucho se ha escrito, sin embargo en este breve reconocimiento vuelvo sobre las voces de nuestros críticos y destaco esta pequeña compilación: “una mujer imprescindible del teatro cubano”, señala el profesor Eberto García Abreu.

“Una de las pocas personalidades de la dirección cubana capaz de argumentar una dramaturgia del espacio en sus montajes, donde la calidad y la pujanza de los elementos concentrados en las tablas, narra ya otra voluntad, otra manera crítica de activar el mecanismo de una puesta en escena”, manifiesta el dramaturgo Norge Es­pinosa.

“Una actriz de excelencia, directora trascendental y siempre profesora, investigadora, técnica de altísimos quilates que constituye un genuino paradigma de la escena y de la cultura de la nación”, dice el investigador Roberto Gacio.

“Su nombre es símbolo de artista integral; sinónimo de voluntad indoblegable, perseverancia, pasión sin límites, vocación infinita de investigación, conocimiento y autosuperación, afán perfeccionista, exigencia, rigor y entrega. Entre­ga de todo su ser, de sí misma, al arte milenario y trascendente de las tablas del que eligió ser cultivadora a la vez que se tornaba, sin proponérselo, en leyenda, y en algo más tangible, fecundo y agradecido: en noble y perenne savia nutricia”, nos señala Suárez Durán.

Para terminar, solo develar que mi amigo —quien me recordó su cumpleaños— también me contó que fue Berta la responsable de nombrar a nuestra más pequeña compañía infantil: La Col­menita.

Ella misma, en una ocasión, habló sobre el trabajo de formación creadora y compartió una esperanza: “Un teatrista mejor es posible”. Gra­cias a Berta, hoy en Cuba muchos lo son. Sirva entonces este escrito para darle las gracias, desde el deseo de todos sus discípulos, por estar entre nosotros.

 

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2 comentarios

    • Antonio Salomon en 29 octubre, 2018 a las 3:49 am
    • Responder

    El 10 de junio de 1936, en las páginas del diario’El Sol’ se publicaba el resultado de un encuentro entre dos de las personalidades más populares de la cultura de la España republicana: el bohemio periodista y caricaturista Luis Bagaría y Federico García Lorca. \ Luis Bagaría: ¿Crees tú, poeta, en el arte por el arte, o, en caso contrario, el arte debe ponerse al servicio de un pueblo para llorar cuando él llora y reír cuando este pueblo ríe?

    -García Lorca: Este concepto del arte por el arte es una cosa que sería cruel si no fuera, afortunadamente, cursi. Ningún hombre verdadero cree ya en esta zarandaja del arte puro. En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas. Particularmente, yo tengo un ansia verdadera por comunicarme con los demás. Por eso llamé a las puertas del teatro y el teatro consagró toda mi sensibilidad.

    1. Gracias por su comentario, Antonio Salomon.
      Esta prédica lorquiana siempre me acompaña en mi labor como artista e intelectual y en mi quehacer diario como ser humano.
      Un Abrazo,
      Nevalis Quintana.

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