Un adiós para Tomás Piard.

En estos días, mientras me encuentro en el Festival de Teatro para Niños y Jóvenes Cienfuegos 2019, descubro desde internet la triste noticia de la partida de uno de mis amigos y director con el que trabajé a principios de mi carrera artística. Rápidamente me remonto a marzo de 1993, bajo la Tormenta del Siglo, donde estuve casí movilizado en la penetración del mar. Mojado tras salir del invasor mar en las calles del Vedado, acudí a la Casa de la Cultura de Plaza en Calzada y 8, donde me había inscrito para una selección de un proyecto de filme independiente del Cine Club «SIGMA». En las puertas de la institución me recibía, sorprendido por mi empapazón, el director de aquel proyecto: Tomás Piard. Con Tomás Piard comencé a realizar varias clases de actuación y ensayo para el proyecto titulado «La Palabra».

Lamentablemente fue uno de sus filmes que quedó en el camino por falta de presupuesto, aunque de las tomas filmadas se realizó una promoción y un video clip con el músico Manuel Camejo. Tomás también supo de mis inclinaciones por estudiar cine y me recomendó libros a estudiar y varios textos para investigar en la biblioteca del ICAIC. Compartí con él y con su hijo Terence Piard en varios eventos y en los Festivales de Cine Aficionado «CINEPLAZA» en aquellos años del Período Especial.

Considerado dentro del Cine Cubano una figura de culto, Tomás Piard nació en La Habana, el 28 de julio de 1948. Fue Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de La Habana y en Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual en el Instituto Superior de Arte de Cuba. Máster de Dirección y Realización de Televisión en la Escuela de Imagen y Sonido de Benposta, Galicia, España; también realizó cursos y postgrados en Museología, Arte Oriental, Psicología infantil y de la adolescencia y Dramaturgia de la Telenovela, entre otros. Dentro de su obra como director y guionista sobresalen “El viajero inmóvil” (2008), “Si vas a comer espera por Virgilio” (2013) y “La Ciudad” (2015).

En su homenaje, la periodista Paquita de Armas dedicó un artículo con una entrevista realizada hace un tiempo, en el sitio digital de la Televisión Cubana:

HASTA LUEGO A TOMÁS PIARD.

Autor: Paquita de Armas.

Me acabo de enterar por Mario Naito, en FB, que Tomás Piard falleció anoche. Supongo que lo han dicho por la televisión, pero mi tv está roto. ¿Qué decir de un hombre que conocí a principios de los 80 en El Caimán Barbudo?. He seguido su obra, enigmática muchas veces, he estado al tanto de algunas de sus alegrías y tristezas.

Nada amigo te recordaré en las discusiones de un  jurado del festival de televisión. Fue la última vez que debatimos. Con Piard la televisión y el cine cubano pierden un artista.

Aquí esta una larga entrevista que le hice, luego hubo otras, pero esta él la disfrutó:

TOMÁS PIARD: UN ZAPADOR PROFESIONAL

Decir que Tomás Piard estrena un cuento, un teatro o un teleplay es anunciar un reto para la inteligencia del telespectador. Autor de singulares propuestas estéticas que tantean el peligro de la incomunicación, busca colocar el pensamiento de su público en diana con su propuesta. No siempre lo consigue pero nunca renuncia a las búsquedas, una de sus características que junto a su raigal tenacidad le han permitido imponerse en un mundo que si ahora le abre los brazos, durante algún tiempo sólo le interpuso tropiezos. En los últimos tiempos ha cosechado numerosos premios en los festivales de la televisión: mejor adaptación por La última niebla, en cuento por  Calle de la esperanza y por Espectros el lauro en teatro,  Dirección de Arte y  Adaptación.

Hazme un paneo de tu vida antes de profesionalizarte con la idea, la imagen y el sonido…

Cuando terminé de estudiar Historia del Arte, trabajé durante diez años en Patrimonio Cultural de 1980 a 1989 en le municipio de cultura de Centro Habana, cumpliendo mi servicio social. Allí fue donde me relacioné por primera vez con Lezama Lima. Antes de esto trabajé en no se  en cuantos lados:  un taller de mecánica de refrigeración; en una herrería, en el Municipio del INIT de 10 de Octubre, diseñando interiores de cafeterías y cosas de esas; en la agricultura recogiendo tabaco…quiero decirte que nada me ha asustado jamás. Además, aunque te cause gracia, soy zapador. Y luego todo lo demás, por lo que creo que estoy de regreso de todo. Así hice mi primera carrera universitaria. Luego estudié en la Escuela nacional de museología y museografía de la Dirección nacional de patrimonio cultural; hice un Postgrado de Psicología infantil y de la adolescencia en la Facultad de Psicología; otro de Metodología de la Investigación Histórica; otro de Arte Oriental; otro de esto y de lo otro, hasta casi pensar que me he pasado la mitad de mi vida estudiando. Y, allá en Galicia, gradué a noventa y pico de estudiantes en realización práctica en Imagen y Sonido, que es como le dicen allá a la carrera que tiene que ver con el audiovisual, entre 1995 y 1998.

-Han pasado 20 años de Ecos ¿Qué significó para ti?

– La entrada verdadera al cine. Los filmes anteriores realizados la mayoría en 8 mm. fueron tanteos, ejercicios, verdaderos entretenimientos de muchachos, jugar a hacer cine, porque el cine me apasionaba. Y con mis amigos, igual que jugábamos a otras cosas, cuando cayó una cámara en mis manos comenzamos a jugar al cine. Y así arrastré conmigo a muchos amigos, que jugando, como yo, también hoy han accedido al cine o la televisión, en la Isla o fuera de ella. Pero, cuando llegó la hora de hacer Ecos, dejamos de jugar. Nos propusimos hacer una obra maestra, ya con una cámara de 16 mm y las posibilidades técnicas que hasta ese entonces no habíamos tenido (con la ayuda de los Estudios Cinematográficos del ICRT, los Estudios de Cine y Televisión de las FAR y el mismo ICAIC).

Y, claro, Ecos, no fue una obra maestra, pero impresionó a algunas personalidades del cine que lo vieron en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de 1988 (Marcel Martin, Eliseo Subiela, Susana Amaral, entre otros), y , sin saberlo, fue el filme, que me abrió una brecha, para dejar de hacer lo que había hecho hasta ese entonces, trabajar en Patrimonio Cultural, período que me permitió tener mi primer contacto con José Lezama Lima, al poder atesorar e inventariar todas las piezas que hoy constituyen los fondos del Museo que se le ha dedicado en la casa donde viviera entre 1929 y 1976; tuve el privilegio de hacer la curadoría de la primera exposición que se le dedicó al escritor en la Galería de Arte de Galiano bajo el título Los signos de la isla; además de acceder con más profundidad a su obra, sobre todo ensayos y sus dos novelas, Paradiso y Oppiano licario.  Pero, me aparto de Ecos, pieza con la que al fin, pude entrar en el mundo de la creación profesional y simultáneamente en el ICAIC y en la Televisión Cubana en le año 1989. Ecos fue eso, un puente, entre una época adolescentaria prolongada por circunstancias adversas que es mejor olvidar, y el territorio donde me adentré a partir de ese momento. Como algunos dicen: un cambio de vida.

 – Has hecho muchos más guiones que dirigir piezas audiovisuales ¿nunca te ha tentado la narrativa?

– Si, he escrito muchos más guiones que filmes. También he escrito para otros directores, como fue el caso de la serie sobre la Historia del Cine Cubano Haciendo memoria, en 1988, dirigido por Arturo Arias Polo, donde escribí, claro, los capítulos dedicados a Humberto Solás y al tema de la Mujer en el Cine Cubano. Pero, no, nunca he podido tener acceso a la narrativa. Es un territorio que me está vedado, porque todo lo que se me ocurre escribir en por medio de imágenes concretas, nunca literarias, aspectos que son totalmente incompatibles. No quieras ver tú los cuentecitos y proyecto de novela que una vez se me ocurrieron hacer: una total vergüenza.

– Eres un autor singular en la televisión cubana, por la estética de tus filmes. Dada tu experiencia ¿es común tal hecho en otros países?

– Tengo experiencia de trabajo en otras televisoras, en este caso, europeas, y puedo decirte, que lo que yo hago en la Televisión Cubana, sólo se puede hacer aquí. La única vez que he tenido censuras de producción ha sido en aquellas productoras. Mi filme gallego Dies irae, tuvo serios problemas por la violencia y la poética que tenía. A pesar de los premios que obtuvo creo que nunca se estrenó por la televisión. Así como mi filme ruso El bosque de Andréi Tarkovski, que a pesar de tener guión del gran director ruso creo que corrió semejante suerte. Y con otro realizado en coproducción entre Galicia y Suiza en el 2001, Finis Terrae, ocurrió otro tanto, también por su violencia y poética peculiar. Sólo Fábula: a terra meiga, del 2002, se llegó a exhibir por la Televisión de Galicia una madrugada casi un año después de realizado. Lo que te he querido ilustrar es que en Cuba, a pesar de todos los pesares, de todo lo que se dice por ahí en contra de nuestra sufrida Televisión, se pueden hacer muchas cosas que son totalmente imposibles de hacer en otras partes del mundo. Creo que  de alguna manera se debe a que nuestra Televisión no es comercial. Pero, también es porque hay una voluntad de HACER y de buscar caminos no trillados, sobre todo en el caso de los dramatizados y del documental, géneros en los que he incursionado. Por ejemplo mi filme La memoria de los árboles, que supuestamente es un documental sobre el compositor Juan Blanco, es mucho más que eso, porque también es un filme autobiográfico sobre la época en que yo jugaba con mis amigos a hacer cine, período durante el que ocurrieron muchos otros acontecimientos dramáticos que me han marcado profundamente, mientras Juan realizaba paralelamente a nuestras vidas todos aquellos conciertos y experimentos trascendentales que lo llevaron a la cima de la historia de nuestra música donde hoy se encuentra. Un filme así sólo es posible en esta Isla…

– ¿Qué te aportó tu estancia en Galicia?

-Más de lo que yo pueda decirte. Me aportó una espiritualidad especial que ha influido notablemente en mi vida y obra posterior. Tardé todo un año en poder concluir el guión de Dies irae, un filme sobre jóvenes desesperanzados y desesperados, en una situación límite, un filme sobre la Galicia profunda que sólo le faltó estar hablado en gallego para que fuera realmente lo que yo deseaba (pero, desgraciadamente por esa época todavía yo no tenía el conocimiento de esa lengua hermosa). A mis alumnos no les gustaba mis filmes, pero cuando Dies irae estuvo terminado lo amaron profundamente, porque yo me inspiré en ellos mismos, en sus conflictos, en sus desesperanzas y en sus sueños perdidos. A partir de ahí fuimos mucho más amigos. Y esto fue una experiencia enorme desde el punto de vista artístico y espiritual, que me ha dejado una profunda huella.

Después de nuestra Isla, Galicia es el sitio donde más tiempo he vivido y, por eso, es como una segunda tierra, donde podría morir. Porque viví la amistad, el amor de amigos y alumnos, y la morriña de una tierra que está detrás de el destino de muchos de nosotros, los cubanos. Por ejemplo, en la última Semana de Cine Gallego en la Cinemateca de Cuba, dos de los filmes que se exhibieron son las tesis de grado de alumnos míos. Y uno de ellos, muy duro pero a la vez hermoso, está dedicado a mi persona. Algo así, significa mucho para mi, porque no sólo Galicia dejó huellas en mi, sino, que también, modestamente, yo dejé una huella en esa tierra. Algo así no cabe exactamente en palabras.

– ¿Por qué has llevado al audiovisual puestas de Carlos Díaz?

– Hace tiempo Carlos Díaz quiso que yo dirigiera alguna puesta teatral con su grupo El Público. Intenté adaptar un guión cinematográfico -que casualmente tenía que ver con José Lezama Lima- Mirada oblicua a través del espejo. Pero, yo no veo un texto dramático en plano general. Lo veo en todos los tipos de planos que posee el lenguaje audiovisual y con el montaje que le es propio. Al cabo de un gran esfuerzo, que era, mira tú, hasta interesante, me di por vencido y renuncié a la invitación. Pasó el tiempo y algo más. Y un día en una reunión, Magda González Grau, preguntó sobre quien quisiera hacer Santa Cecilia. Y sin pensarlo, inmediatamente, respondí que yo lo deseaba. Creo que Carlos Díaz (junto a Carlos Celdrán), hacen el teatro más avanzado de la escena cubana. Más de una vez hemos visto aspectos que nos emparentan estéticamente, al menos es lo que yo pienso. Y, como Santa Cecilia, es un texto enorme sobre la cubanidad que corre el peligro de perderse inexorablemente, me pareció que era de una importancia capital dejar testimonio para las generaciones futuras de este acontecimiento cultural sin precedentes. Tuve un gran placer de hacer esta obra de Abilio Estévez llevada a la escena por Carlos Díaz, además de dejar constancia de una de las actuaciones más trascendentales del teatro cubano de toda su Historia: la de Osvaldo Doimeadiós. Para mi Santa cecilia es un documental para la Historia de la cultura cubana, un testimonio que anula la grandeza que sólo queda en la memoria de los que tuvieron la suerte de ver la puesta en escena en el teatro.

Ahora, Freddie, fue otra cosa. Fue la posibilidad de fundir el lenguaje de la puesta en escena de Carlos, con lo que yo le podía aportar audiovisualmente hablando. Por eso, considero a Freddie como una obra más personal, hecha  a cuatro manos con Carlos. Y me alegra enormemente, que a pesar de ser una pieza tan dura y trágica, le guste tanto a los jóvenes, y, en general, a todos los que lo ven. Así, también la puesta en escena de Carlos, con mi aporte es, al fin, la colaboración que hacía mucho tiempo que deseaba hacer en conjunto con el magnífico grupo humano y artístico que se llama Teatro el público.

 -¿Qué te ha llevado a tomar el teatro como punto de partida en tus trabajos más recientes?

– Mis últimos filmes han estado basados en obras teatrales porque, en el fondo, a pesar de lo que te dije antes, creo que soy profundamente teatral. Pero, también, porque la ironía cruel de la vida me hizo encarar a obras, que en el fondo, llevaban el germen, del destino que me ha tocado vivir. Pero, todo comienza, realmente con la adaptación de la noveleta Rue d´aboukir, de la escritora francesa Monique Lange, como Calle de la esperanza. Esta es la obra que marca un antes un después en mi vida: es lo que yo llamo el comienzo de un período de dolor fecundo en mi vida. Cuando todo parecía (y en realidad, concretamente es) que todo terminaba para mi, no tuve más alternativas que llenarme de un valor que yo ignoraba que podía tener. Y así me dispuse a hacer Calle de la esperanza, un proyecto acariciado durante dos décadas, cuando jugaba a hacer cine, infructuosamente, claro, porque un texto de esta naturaleza indiscutiblemente no podía ser un juego. Lo hice  inmediatamente después que mi hijo y mi padre murieran uno detrás del otro, y mi madre un poco después. Así, este proyecto situado en el contexto de la lucha contra la dictadura de Machado, me sirvió para rendir tributo a la memoria de mis padres, ambos luchadores hasta sus muertes. Era el filme sobre el hombre que lucha claramente, sin dudas por sus ideales. Es el filme de amor, donde un ser se entrega sin escatimar sacrificio por la salvación del otro. Para mi era rendir cuentas con el pasado de mis raíces. Rendirle el homenaje necesario. Era cerrar una puerta luminosa, pero desgarrada, dolorosa. Espectros, inspirado libremente en la obra homónima de Ibsen, debió antecederle, pero el paso de Terence(*) a otra dimensión pospuso su realización. Claro, Espectros, no es lo mismo antes que después de ese hecho. El texto de Henrik Ibsen fue totalmente apropiado por mi, y es casi como si yo lo hubiera creado. Creo que no hubiera podido hacer otra cosa en ese momento. Tal vez es la obra más dolorosa que he realizado, al situar al Capitán Alving -personaje referido sólo en la obra original- en el centro de la tragedia, donde él sufre sus errores, que condenan a sus hijos Regina y Owaldo. A ella, a la prostitución forzosa y a él a la muerte inevitable. Este filme, posiblemente el más personal que haya realizado jamás, después de Itaca, es mi adiós a mi hijo, y al mundo que existió para mí hasta ese momento. Después todo han sido adioses paulatinos. Claro, veo la vida con otra óptica, creativa, pero a la vez, de ir cerrando puertas, deudas, con el pasado y encarando el futuro no más feliz, porque eso es imposible, pero si, como ya te dije, de un modo más fecundo, concreto, porque ya no tengo tiempo de ir por las ramas. Y, así, las dos obras de Carlos Díaz. Y así, La memoria de los árboles, el adiós definitivo a mi juventud, a una época que quiero pensar  que fue mejor. Y llega Viaje de un largo día hacia la noche, o le que es lo mismo, la desintegración de la familia, en época de crisis. El antiretrato de familia, cuando yo había perdido a la mía.

No me resulta fácil ni agradable hablar de todo esto. Lo que si quiero decirte es que siempre mis obras han salido de lo más profundo de mi ser. Pero, nunca como ahora, con la conciencia de finitud que hoy tengo. Cuando me doy cuenta de lo que realmente es la existencia: el tiempo finito que se le da al ser humano para que haga lo que debe hacer para que la vida de los que lo sigan sea mejor. O, sea, las obras de teatro que he llevado al audiovisual, sólo han sido una manera de canalizar esta otra existencia que me ha sido concedida. Nada más.

– El mundo Lezamiano es uno de los más difíciles de la narrativa cubana ¿Por qué lo escogiste para este filme que realizas?

– Acceder a Lezama algún día era algo lógico que me sucediera tarde o temprano. Desde 1966 cuando me regalaron la edición príncipe de Paradiso en el intercambio de regalos de Navidad en el preuniversitario, se iniciaba el camino hacia el mundo más enorme que escritor cubano pudiera crear. Claro, en aquellos tiempos, con  16 años, lo único que leí, fue el famoso capítulo VIII, que tanto dio que hablar en aquellos tiempos. Lógicamante tendrían que pasar muchos años, para que pudiera estar preparado para tener la posibilidad infinita ante mi. Primero fueron sus ensayos los que me permitieron adentrarme en ese mundo personal que él creó en la casa de Trocadero 162, donde vivió desde 1929 hasta su muerte en 1976. Después de leer libros como La montaña mágica, de Thomas Mann o el Ulises , de James Joyce, un día -con las claves que el propio Lezama me había entregado- decidí adentrarme en el mundo de Paradiso, obra de la que me siento tan orgulloso, como se pueden sentir los alemanes y los irlandeses de las obras antes mencionadas, porque no son muchos los países que poseen en su tesoro cultural un libro semejante, que abarque en profundidad y extensión, a la vez, los elementos fundamentales de la identidad de una cultura. Así, los cubanos, tenemos que sentirnos orgullosos de poseer algo tan enorme. Pero, el camino fue largo. Fueron necesarios años, décadas y siete lecturas profundas para que pudiera acceder al mundo que Lezama creó, alrededor de los avatares de la familia Olaya-Cemí desde la crisis de asma iniciática de José Cemí en le primer capítulo hasta que la ceniza de un cigarro cae sobre la corbata azul, mientras se escucha la cucharilla revolviendo el café con leche dentro de un vaso en la noche donde aun se escucha la voz de Oppiano Licario diciendo: “Ritmo hesicástico, podemos empezar”.

Así, en 1995, respondiendo a una convocatoria de la UNEAC, para proyectos cinematográficos, decidí dar uno de los pasos más definitorios de mi vida como creador, y escribí ese guión, que al final, fue el premiado.

Pero tuvieron que pasar muchos años, de enfrentar incomprensiones o hasta miedos, durante los que tuve que librar batallas que por momentos me hicieron dudar que alguna vez se pudiera realizar este proyecto, hasta fines del año pasado, cuando le comenté a Abel Prieto(**) que existía ese guión y él puso su entusiasmo y  los recursos necesarios para que se pudiera llevar a efecto. Llegar a este proyecto creo que era algo así como una predestinación necesaria para mi vida. Además Paradiso es un libro del cual se habla mucho en esta Isla, pero son muy pocos los que lo han leído verdaderamente. Ahí está la génesis de este proyecto: la necesidad que tenía de que una mayor cantidad de cubanos se vieran impulsados a adentrarse en ese mundo apasionante que Lezama nos proponía en su obra.

Pero, claro, un filme- motivación, un filme-invitación, un filme-provocación, para que la gente viniera a beber en las páginas escritas por Lezama a lo largo de casi tres décadas implicaba tener un encuentro con él, que además fuera distinto a todo lo que se hubiera hecho antes sobre alguna personalidad de nuestra cultura, y de otras culturas. Debía tener, al menos, el impulso de lo diferente, pero, además, en este caso debía ser como Paradiso, muy cubano. Se que este proyecto implica una gran responsabilidad cultural y cívica. Era rescatar a nuestro poeta mayor para las grandes masas de espectadores, o, al menos, para una inmensa minoría, que se viera motivada a la gran aventura que significa leer ese libro, conocer a este autor fundamental, que echa por tierra todos los estereotipos creados a lo largo de décadas sobre la cubanidad. Para nada es un intento -que sería fallido por supuesto- de emular con el sistema poético de imágenes literarias que Lezama creó. Debía crear un filme muy bello, que imantara al espectador con la belleza fundamentada de sus imágenes, con un lenguaje totalmente audiovisual, donde echaba mano a todo lo que me sirviera para lograr mis fines, de que los espectadores potenciales se vieran intrigados y necesitados de visitar las apasionantes páginas de ese libro fundamental. Y con una estructura abierta donde la ficción y lo documental se entrecruzan y se funden en un intento de todo único, donde no existen límites entre uno y lo otro. En fin, El viajero inmóvil, es un filme sobre José Lezama Lima más que sobre Paradiso, pero también es un filme sobre lo que Lezama sembró en mi durante años. Porque si, se trata de una mirada personal al poeta, donde vuelvo a comprometerme de la misma manera que he hecho antes en mis otras obras, y, donde nuevamente existe un héroe que Lezama, en este caso, convierte en creador igual que él.

Es bueno recordar que en una buena parte de mi obra, mis héroes, casi siempre llamados Andrés, han sido creadores, hacedores de algo que los trasciende como hombres mortales; y, en este caso al tomar a Lezama como centro de mi nueva obra, una vez más estoy hablando de la trascendencia del artista a través de su obra que deja su impronta en los otros que luego vendrán, para acceder a la inmortalidad. De esto es que trata mi filme y no he tenido temor alguno en rendir este homenaje al mundo del más grande poeta cubano del siglo XX.

 ¿Cómo escogiste el equipo de realización?

– Al igual que en otros casos, escogí una buena parte de mi equipo de realización entre artistas de mucha valía, que además fueran amigos míos.

Este es el caso del director de fotografía, José Manuel Riera; el editor, Manuel Iglesias; la diseñadora de vestuario, Miriam Dueñas; el compositor, Juan Piñera. En el resto de los casos escogí a artistas que a pesar de no ser mis amigos si poseen una gran prestigio de trabajo en el cine cubano, como es el caso del productor Humberto Hernández. Y  tuve total confianza en él para que conformara el resto del staff, que creo, es de una alto nivel profesional, como Lezama se merece, como es el caso del director de arte, José Manuel Villa o el diseñador de banda sonora Raúl García por sólo nombrar a dos artistas con los que hace tiempo deseaba trabajar. En fin, me siento muy satisfecho de todo el equipo de trabajo, y en especial de mi director asistente, Ernesto Sánchez, que se estrenó magníficamente como tal en este filme. Punto aparte debo hablar del casting con que tuve el placer de trabajar. Una vez más estuvieron actrices y actores habituales en mis obras, como es el caso de Eslinda Núñez o Herminia Sánchez; o actores como Jorge Martínez o Fernando Hechavarría con los que no he podido trabajar como hubiera querido en muchas obras. Y con actores con los que he tenido hace poco experiencias extraordinarias como es el protagonista del filme, Georbis Martínez en su doble papel de José Cemí y Andros, el estudiante que entrevista a Lezama, con quien tuve una notable experiencia cuando hice Freddie.

Así como también me ha resultado muy hermoso el trabajo con actrices y actores que admiraba pero con los que nunca antes había podido trabajar, muchos de los cuales aceptaron pequeñas partes, de la misma manera que hubieran interpretado papeles estelares en una puesta en escena de Shakespeare. En este sentido, deseo mencionar a Roberto Gacio que por un breve momento aparece como única imagen de Lezama que posee el filme. Y, por último, como también es habitual en mi, la introducción de nuevos rostros, que por primera vez aparecen en el cine, como es el caso de Carlos Solar, que interpreta a Ricardo Fronesis o Mariana Valdés que hace el papel de Lucía, la novia de éste. En fin, me siento muy satisfecho de todo el enorme elenco que posee el filme.

 – ¿Cuándo se estrena y que esperas de esta nueva cinta?

– Creo que va a ser un filme polémico. Se que va a tener detractore puristas o por desconocimiento de la obra lezamiana. En buena medida porque parto de los mismos presupuestos de Lezama, al intentar acceder a la alta cultura cubana. Sólo así se podía hace un homenaje a este creador.

La postproducción creo que va a ser larga, como complejo va a ser el filme.

Espero que esté listo para fines de este año, si todo nos va bien. (2007)

(*) Su hijo

(**) Ministro de cultura

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