“Gris” – Un cuento erótico de Yazmina Calcines

    COLORES CONTRA TANATOS

Autor: Yazmina Calcines.

                                                                     “Qué pretendiste decir Zabás
                                                                      En aquellas horas de agonía
                                                                      En que contaste historias de Malva Iris
                                                                     ¿Para desentrañar tu propia vida?”

Yazmina Calcines

                                                                       A mi hermana     

        

    GRIS.

 Lo único que hubiera añorado de la mansión en Miramar de los abuelos maternos, de conocerla, era una piscina redonda en la que se reflejaban esos tonos inconfundibles de las grandes soleadas sobre el agua ver­de-azul que refresca la piel en las primeras horas de la tarde.

 Malva Iris le narró la anécdota a Pablo, El tímido, para inci­tar­lo a conver­tir aquellas miraditas anhelantes de “quiero estar conti­go” en derroche de imaginación materializada; mas, la nos­talgia le encapulló el deseo con las palabras, y el instinto ge­nealógico de la ausencia de todo le enfrío el propósito. Pablo, El tímido, que a mediados de la narración atisbara un caminito ligeramente luminoso para morderle los labios y quererla, se embobinó junto con el deseo y las palabras de la jovencita y sólo supo ser un buen oyente.

 Había soñado que la abuela flotaba como una flor de loto, con su bata de lienzo finísimo, mientras el cráneo liso del marido emer­gía cerca de su rostro y al resoplar para expulsar el agua nasal, mojaba a la mujer que, con una carcajada de túnel de cua­tro vías, se inclinaba buscando la boca cómplice de la inti­midad nocturna, a través de cincuenta años de conviven­cia, pasio­nes y languideces del amor, y le oprimía los labios.  Fue un beso lar­go: diluvio ensalivado de deseos seniles insatis­fe­chos.

 Comenzó a llover, con esos cambios impredecibles del clima cari­beño, pero sólo Malva Iris percibía las gotas sobre su piel es­condida tras un arbusto. Era un sueño en el que los abuelos igno­raron el inusitado aluvión de las nubes mustias, la frescura ambiental -que presumió sería la responsable de sus erizamien­tos-, y conti­nuaron, adheridas las bocas abiertas, para que la lengua cumpliera su función adivinatoria dentro de unas cavidades amadas por la insistencia de los años de  pre­servar el deseo, pero ca­rentes de dientes auténti­cos. Pellejos de bocas que intercambia­ban la pasta salival dentro de la oque­dad. Una expresión de asco brotó en el rostro del joven y a Malva Iris se le agotó la descripción de un escenario que sólo habitara breves segundos en su mente. “Otro día más”, pensó. Su experien­cia no había aprendido aún a camuflarse tras los ar­dides con los cuales Pablo se viera obligado a reac­cionar con algo más que monosílabos y náu­seas.

-¿Te conté alguna vez que se suicidaron? “Ahora sí que puedo olvidarme hasta de las miraditas insinuantes”, se dijo a sí mis­ma, “¿a quién se le ocurre hablar de muertos cuando se quiere conquistar a un hombre?”. Se sintió mayor con este razonamiento y convencida de que no había modo de desaparecer la frase confe­sa, dejó que el azar decidiera una vez más. 

-Después de Girón, las tuberías que reciclaban el agua de la piscina se vaciaron, no entendieron nunca la distribución de los víveres, los criados se convirtieron en milicianos y comprendie­ron que lo único que les faltaba por hacer a sus setenta y tantos años, para entrar en el infierno, era morirse. Las hijas los encontraron abrazados sobre la cama de la alcoba, la misma en la que las lenguas hicieron su trabajo de traerlas a este mundo.

-¿Y la mansión…? -el joven no reconoció la voz que se atrevía a declamar tres palabras.

-Las herederas la entregaron al gobierno, en gesto de sublimidad solidaria, y a los seis meses sólo quedaban las paredes y la piscina reseca por el sol y la ausencia acuosa. Se convirtió en el basurero de la hojarasca otoñal.

 El Estado no tuvo en cuenta que un sueño de sociedad equitativa no podía impedir que la cabra siguiera tirando hacia el monte y se afiebró rellenando todas aquellas vivien­das  propie­dad de burgueses, con animalitas montunas acos­tumbra­das a cocinar con leña y defe­car en hoyos sobre el terreno y, rápidamen­te, aprendieron a hacer  fogatas con ven­tanas y a utili­zar los tan­ques de desagüe para archivar toda la bibliografía socialista.  Yo creo que las makarenkas fueron las precursoras del multipropó­si­to. 

 El malecón les vistió la piel del polvillo blan­co de ola en reti­rada y la jovencita, convencida de que había care­cido de habili­dad para lograr que Pablo la invitara a place­res más sofis­ticados que ingerir un granizado de anís, decidió que el cortejo se había debilitado y, saltando hacia la acera sali­trosa se despi­dió de El Tímido “porque ya casi no llego a tiempo a las clases en la Dihí­go”. Atravesó la calle Malecón corriendo y subió por la Avenida de los Presidentes. “Esto está endiabla’o. Mejor sigo caminando porque aquí no hay quien coja una botella”. En Línea, la uniformidad de las brazadas intentando detener un chofer gentil le recordaron los ejer­cicios aeróbicos de Rebeca, la copia cubana de… “coñó, ¡Jane Fonda!… claro, eso es lo que tengo que hacer… invitar al  muchachito al contoneo de caderas y flexiones toráxicas ­cuan­do el Malecón aún está vacío del mosquero de parejas, a ver si se le cae la babita… ¡a qué no, Mal­va… a qué sí, Iris… a qué sí le rompes el coco, Malva Iris! Qué calor, creo que estoy delirando; pero, ¿hasta cuándo piensa este niño que voy a espe­rar? Total, a lo mejor es sólo un besito de puntica de lengua… voy a tener que trajinar­lo… Dentro de diez minutos empieza el turno de Metodo­logía de la Investigación Lite­raria y todavía estoy en veintiu­no… ¡qué clase’e loma!… Investi­gación litera­ria es la que voy a tener que hacerle a El Tímido: ven acá, mi’­jito, en la literatura de qué siglo le dieron vida a tu persona­je. ¿Después de la revo­lución francesa, siglos diecinueve o vein­te? No, veinte, no, porque entonces te falta el cromosoma de la cone­xión. Ah, no sabes qué es conectar, pues esto, mi án­gel, esto.

 Ya casi vencía la rampita que precede la Facultad cuando imaginó que le abría la boca a El Tímido, casi para un estu­dio estomato­ló­gico, e introducía la suya, ávida de chupar la lengua agazapada entre las amígdalas. Sonaba el timbre precursor de las actividades docentes, y logró alcanzar, empapada en sudores y  con una sonrisa de “prepárate pa’ lo que vie­ne”, el primer escalón que la conduciría hacia el aula.

 Pablo era muy Pablo, es decir, remiso, apocadito. Había desistido de hacer una carrera universitaria para evadir el  momento en que tuviera que defender la tesis de graduación y decidió estudiar en un politécnico donde aprendió a ensamblar bicicletas. Adoraba su oficio, pues le debía la contingencia de haber conocido a Malva Iris, el día que ella desarmó la primera para engrasarla y no supo cómo devolverle la forma. Fue un gusto desatinado: le cabalgó el corazón, se le atiesaron los vellos del brazo cuando rozó inadvertidamente a la joven y el miembro viril inició una acrobacia de alturas entre las piernas. Creyó desfallecer y sin­tió que enrojecía más que la “forever”. Solícito, se especializó en repararle los ponches, quitarle las defensas, volverlas a poner en el más abso­luto silencio. Ya la muchacha había perdido dos ciclos y a la altura del tercero, comenzó a sen­tir una atracción especial por tan poco qué decir, lo que repre­sentaba para ella un universo interior de sorpresas. Juró que abriría ese joyero a fuerza de ganarse su confianza.

 El timorato convirtió la curiosidad en anhelos pasionarios de romántica inexperta y Malva Iris quiso adherirse a las paredes de una guarida donde, con seguridad, se escondía todo el amor. El temor a ser él mismo en la sabana compartida con sus cote­rrá­neos carecía de explicaciones conscientes. Sudaba ante la  emi­sión sonora y vocálica, ante una zancada errática sobre el suelo que pisaba. Su mayor satisfacción consistía en transitar las rea­li­za­ciones vitales sin ser tomado en cuenta. Sufría hasta la ago­nía ante el debate entre exponer el deseo o la con­tri­ción, que en paridad y al unísono, asomaban a los balcones de sus labios.

 Pero Pablo no por tímido era ignorante. Intuía que la demora podría enfriar la ansiedad que descubría en los  movimientos de Malva Iris y ya los conocimientos ciclísticos que pudieran rete­nerla se los había transferido, con  el gesto más que con la voz, y sufría sólo de imaginar que su primera ilusión quedara inmodi­ficable en su mente, por la ausencia de, al menos, una masturba­ción tangible. “¿Por qué no te atreves, Malvita? Enamórame tú, chiquita preciosa, dueña de mis ganas, abrázame, tócamelo despa­cito…”.

 A Pablo, El Tímido, se le presentó la ocasión de ser un forzudo galán cuando la joven perdió la dignidad de un tobillo al preci­pitarlo contra una hondonada del camino. Tomándola en sus brazos impi­dió que diera un paso más y le propuso “ire­mos hasta mi casa, aquí, a una cuadra, para revisar la gravedad de la tor­cedu­ra”. “Qué manera de hablar, Pablito, me hace muy feliz saber que pue­des articular una frase completa”. El muchacho lo tomó como un cumplido, pues no era el momento de que sus timideces le menosca­baran el inicio ideal. Cayó junto con ella en el sofá de la sala y Malva Iris lo besó como pudo y también, como él le permitió, buscó las manos varoni­les y las llevó a sus senos. Lo apretó contra su cuerpo y sintió una humedad sobre la pelvis. Ya Pablo había terminado los asun­tos seminales cuando sólo germinaba el juego amoroso.

 La muchacha, enfurecida por la frustración de sus deseos, por recibir súbitamente la respuesta a tanta dilación del sueño, por dedicarle todas las horas a un proyecto de seducción que había carecido hasta del comienzo, no supo entender la angustia de Pablo por el amor derrochado a destiempo y partió, con  su tobi­llo sano, y lo dejó rebotando sobre el color gris del sofá infi­dente.

El Tímido sufrió con el dolor ridículo que se aloja en la cavidad coronaria cuando aún son devastadores ciertos conceptos que defi­nen la conducta humana. Se negaba a aceptar que la joven hubiera reaccionado tan primitivamente, que no entendiera lo que signifi­caba para un hombre reciclar noche tras noche las mismas ansieda­des y carecer de valor para expresarlas. Su extrovertida eyacula­ción había sido el discurso que los labios traidores se negaron a decir, cuando la piel fresca de mieles, deseada hasta el deli­rio, alcanzó la horizontalidad debajo de su cuerpo.

 Su voracidad viril le exigía una redención de hombre íntegro, aun cuando no mediaran las palabras. Y fue así como una tarde en que Malva Iris bajaba de dos en dos los escalones, se encontró a Pablo, El Tímido, esperándola a la entrada de la Facultad. “Mon­ta”, fue todo lo que dijo y rodó por la avenida, con el paroxismo de su fervor maniatado a sus caderas para conservar el equili­brio. 

 Desvistió a Malva Iris protegidos por las paredes de su cuarto sencillo, profiriendo sólo el aliento, en una complicidad de insonoros arrebatos a los que ella se aferró sin exigir explica­ción. Pablo lidiaba contra su retraimiento. Quiso extender los brazos para rozar la desnudez de la muchacha y las manos armonizaron una temblequera que le arrepintió la hazaña. Su hombría se impuso y un arrojo interior lo ayudó a reiterar el intento. Sudaba. El cuerpo de Malva, desnudo, a la distancia de una decisión que el valor no reforzaba, expelía efluvios de asombro, pero ella no quiso precipitar nada. La excitaba el esfuerzo del joven por quererla sin los diques que presionaban sus compuertas eróticas, y rogaba por que El Tímido encontrara, en solitario, una resolu­ción para aquel estancamiento del tiempo entre dos cuerpos que sólo pedían dejarse llevar por el imán de la seducción que trans­pira­ban.

 Se situó detrás de ella, para que los ojos femeninos no le ame­drenta­ran la intención, y la atrajo hacia su pecho. Malva Iris sintió la vibración de cada vena y nervio irrigados por la emo­ción viril  y giró su cuerpo para desarropar aquél petrificado de terror. Comenzó a besarle el pecho descubierto mientras los brazos varo­niles ayudaron al completamiento. Piel con piel. Era la inicia­ción. El origen del suceso más vehemente para el ser humano. Pablo cerró los ojos y elevó sus manos hacia el cabello castaño. Lentamente fue devorando con la intención táctil, la configu­ra­ción que definía a Malva Iris. Le introdujo cada dedo dentro de la boca, para que el aliento pasara a sus poros en la eternidad del momento. Rozó ligeramente los pezones enhiestos, pero no se detuvo porque Pablo quería dejar sobre sus palmas la huella de todas las emisiones femíneas y escrutó el paraje licuado de la vulva, despacito, con la imper­cepción de la sorpresa y fue mar­cando de efluvios vaginales la trocha hasta el ombligo, en una reiteración de contactos que desatinó a Malva Iris, cuando Pablo se arrodilló ante ella, con los ojos abiertos, perdidos en la súbita exploración, para conti­nuar el recorrido vulvárico-umbili­cal, pero esta vez con la len­gua.

 Demasiada emoción para tanto silencio. Y la subrepticia mirada de la joven pudo comprobar que, cuando ya ella había rebasado su contención lujuriosa, el pene de Pablo dormía sobre la pasividad acolchonada de los testículos. Había controlado tanto sus impul­sos erógenos a fuerza de recursos mentales que le inhibieran la resolución prematura, que la pareja tuvo que recomenzar. Pre­sio­nó los hombros varo­ni­les para invitarlo a la verticali­dad absolu­ta y rompiendo el equilibrio entre la pasión y la ternura, Malva comenzó un juego de besos salvajes, ligeros mordiscos que reacti­varan la circulación sanguínea de Pablito y cuando ya había cu­bierto el torso del remedio revitalizador, sus manos descubrieron un miembro alborozado y presto para una larga contingencia.

 Embadurnó de besos salivosos la longitud del pene y Pablo le presentó el glande a la entrada de su boca, para que la hombría definiera de una vez por todas a qué distancia de su aptitud para el amor andaba la timidez. Se cabalgaron. Reconocieron una y otra vez la delicia de los orgasmos acabados. Reiniciaron el bosquejo de la lubricidad y bañaron los cuerpos de líquidos mutuos para olerse y degustarse sin proferir una palabra que congelara el momento, hasta que Pablo sintió que todas las reminiscencias que matizaban su cobardía escapaban por el conducto seminal y pudo gritar en un arrullo salvador “coño, mujer, cómo me gustas”.

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